Este artículo argumenta que 2026 será un año de incertidumbre gestionada en lugar de crisis o auge para los fabricantes de alimentos. Se espera que los tipos de interés disminuyan un poco, pero permanezcan estructuralmente más altos que la era previa a la COVID-19, lo que significa que el capital seguirá requiriendo disciplina y una fuerte justificación. Los costes de las materias primas pueden estabilizarse o disminuir en algunas categorías, pero la volatilidad persistirá debido a las condiciones meteorológicas, la geopolítica y las restricciones de suministro, lo que hace que la previsibilidad y la gestión del riesgo sean más importantes que buscar un alivio de los precios a corto plazo. Se espera que el comportamiento del consumidor se mantenga centrado en el valor, limitando el poder de fijación de precios incluso a medida que los costes de entrada y cumplimiento sigan aumentando.
En lugar de apostar por un único resultado económico, el artículo destaca la planificación basada en escenarios: crear presupuestos básicos conservadores, probar casos bajistas y alcistas, y proteger las inversiones que mejoran la resiliencia (automatización, continuidad del suministro, sistemas de calidad). La incertidumbre comercial en curso, la escasez de mano de obra, las normativas de embalaje y los riesgos emergentes de cumplimiento medioambiental (como las normas PFAS y EPR) se enmarcan a medida que los fabricantes de costes estructurales deben planificar. En general, el éxito en 2026 provendrá de una ejecución disciplinada, un abastecimiento flexible y una toma de decisiones consciente del riesgo, no de esperar a que las condiciones económicas se “normalicen”.
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